DAVID MARÍN | Pelayismo

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El sábado pasado no empezó nada bien. Tras un ritual personal, que consiste en visionar el partido NBA de los viernes por la noche, nos encontrábamos preparando los temas para el Elche-Villarreal B cuando Adrián Díaz nos contó la noticia de la tremenda caída de Pelayo en el hotel de concentración del Albacete en Huesca. El bloqueo fue mi primera reacción, supongo que como la de la mayoría de los que estáis leyendo esto y conocíais al futbolista asturiano.

Los días pasan y el terror inicial parece que ha ido amainando, ojalá que hasta su eliminación completa. Uno sólo desea que esto sea recordado en el futuro como un mal trance con desenlace positivo. Aún es pronto para lanzar las campanas al vuelo, pese a que todos deseamos la llegada de las mejores noticias posibles desde el Hospital de Zaragoza. Rezamos por ello. Y no dejaremos de hacerlo.

Quien me conoce un poco sabe que Pelayo siempre ha sido una debilidad personal. No es el mejor futbolista que he visto en mi vida. Ni siquiera el mejor franjiverde que he visto. Pero tenía algo que a mí siempre me ha llamado la atención. Algo que me ha hecho admirar más a Raúl que a Messi o a Cristiano. No sé. Imagino que, para gustos, colores.

Las bromas y las chanzas siempre estaban ahí, sobre todo con el término pelayismo. Alguna vez lo usaba en Twitter, pero donde le daba más bola era en los grupos privados, con compañeros como Monserrate Hernández, Noé Gomis y compañía. El pelayismo no hacía referencia a la calidad sino más bien a la raza, lucha y pelea. El sinónimo más cercano que se me ocurre es compromiso. Si Pelayo marcaba o hacia un buen partido, ardía el grupo. Justo es reconocer que si fallaba una ocasión o cometía algún error, algún palo me caía.

Eso sí, lo que no se discutía nunca era la valía personal del chaval. Y creo que ha quedado demostrado con el cariño que le ha mostrado el fútbol español a Pelayo. Los que le conocían han podido contar la historia de un futbolista normal, sin aureola de estrella. Sus compañeros han podido dar constancia de la huella que les ha ido dejando en estos años en el fútbol. Y los que no le conocían, han podido conocer a un jugador que merece la pena.

Yo no voy a alardear de amistad con Pelayo porque sería faltar a la verdad. Eso sí, como he escrito estos días, por el trato que he tenido con él durante este tiempo, me parece top como persona. Educado, atento y respetuoso. Puedo decir que es un chaval que me ha sorprendido, sobre todo en los malos momentos, que es cuando las personas más te marcan.

En el club todavía recordarán como, en pleno bache a final de la temporada pasada, trató de motivar a trabajadores, futbolistas y técnicos una mañana, llegando antes de tiempo al Martínez Valero e inundando los pasillos con mensajes positivos escritos en papeles. Yo, personalmente, nunca olvidaré los mensajes que me envió cuando fichó por el Cluj. Entre otras cosas, acabó pidiendo perdón por el descenso. No tenía por qué hacerlo, pero le salió.

Pelayo se siente en deuda por ese descenso y lo ha manifestado abiertamente, sin tapujos. Lo hizo también hace un mes, cuando le pedimos un mensaje para el inicio de la nueva etapa de DF. No tardó demasiado en contestar. «Claro que sí, además quiero remarcar que me siento en deuda con la afición», contestó. Desde aquí le puedo decir que no está en deuda con nadie. Cuando uno da todo lo que tiene, no se le puede exigir más. Los malos resultados deportivos tienen solución, pero la vida es sagrada. Y, ahora, lo que todos queremos es que Pelayo gane este partido, el más importante.

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