DAVID MARÍN | El derbi de Moisés

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Elegir un derbi para un periodista deportivo es como pedirle a un niño que se quede con una chuchería en una tienda de golosinas. Cuando crees haberte quedado con uno, te viene el recuerdo de otro. Y eso que un servidor, por edad, no ha vivido la rivalidad de los mejores años, en los que un Elche-Hércules era sinónimo de partido de Primera. ¡Cómo envidio, en eso, a mis compañeros que peinan ya alguna que otra cana!

Por este motivo he decidido quedarme con un derbi de mi época de estudiante universitario, que viví en Pamplona, a muchos kilómetros de distancia de la provincia de Alicante. No fue un partido especial por su calidad futbolística o porque el resultado fuese decisivo para la suerte de un equipo u otro, pero tengo grabado en la memoria aquel día.

Fue el derbi de Moisés, aquel delantero que fue presentado con honores casi de galáctico cuando firmó por el Elche un par de años antes, en aquella época en la que en Segunda División se hacían presentaciones del equipo en verano por todo lo alto. Moisés marcó goles, pero el Elche no se movió de categoría. Y acabó saliendo de mala manera en dirección al eterno rival.

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Uno andaba aquellos años por Navarra y, aunque no fuera la Edad de Piedra, las redes sociales e Internet no eran lo que es hoy en día. Es decir, que me llegaba muy poco de lo que se cocía en el entorno franjiverde, más allá de leer las crónicas de los partidos en medios de comunicación nacionales, escuchar las conexiones de Monserrate Hernández en RadioEstadio y ver los partidos que diesen en ETB o Localia.

Moisés era un tipo que me caía bien porque me identificaba con él. Cuando me ponía en las pachangas de delantero usaba mi corpachón para ir siempre al choque con el defensa rival y tratar de ganarle la batalla, siempre por fuerza y no por calidad. Algún que otro gol hacía así, ante la protesta de turno pidiendo falta en lo que yo consideraba un simple contacto. Les decía que había hecho la de Moisés y entonces nos echábamos unas risas.

Volviendo al partido, Moisés estaba en el Hércules y el ambiente andaba caldeado de cara a un derbi en el que los franjiverdes llegaban algo mejor que los blanquiazules. Pero era diciembre y tampoco era un duelo de carácter épico. Sin embargo, cuando estás a tanta distancia y ves muy pocos partidos de tu equipo, cada uno de ellos es casi una final. Y en el caso de un derbi, más.

En Pamplona teníamos una cuadrilla de gente con equipos en Segunda que, mientras vivíamos en el Colegio Mayor, nos dedicábamos los domingos a mediodía a mendigar por los bares de la ciudad para que nos pusiesen el partido de las 12. Ese año era diferente. Ya estábamos en piso y habíamos comprado el Digital + para ver todo el fútbol que nos fuera posible.

Llegó la semana del partido y aquel hit que se cantaba desde la grada, nada respetuoso con la santa madre de Moisés, que no tenía culpa de que su hijo jugara en Elche o Alicante, sonaba mucho en mi cabeza. Era finales de diciembre y ese fin de semana se nos juntó el derbi con la habitual despedida que solíamos hacer antes de volver a casa por Navidad. Es decir, que aquella noche de sábado se alargó bastante y, por no entrar en detalles, mi estado no era el mejor posible para ver un partido de buena mañana.

De hecho, mis compañeros de piso no fueron nada solidarios y me planté solo delante del televisor para ver el derbi. Empecé muy respetuoso con el sueño y descanso de mis amigos: ibuprofeno, desayuno y tele a bajo volumen. Solté algún reproche cuando Moisés apareció en la tele, pero poco más.

Duró poco. Con el balón en juego y el paso de los minutos empecé a ser más persona y la sangre corría por mis venas. Marcó Frankowski, ídolo del momento, en el que fue su último gol como franjiverde. La celebración del gol (grito + carrera por el pasillo) despertó a mis amigos que, obviamente, no disponían de derecho alguno a la queja. En mi mente soñaba con una victoria amplia y esa típica imagen de futbolista desesperado hecha carne en Moisés.

Pero hay veces que en la vida no todo sale como tú quieres. Moisés marcó y empató el partido. Lo hizo a lo grande, he de reconocerlo. Le hicieron un penalti, lo metió y el árbitro lo mandó repetir. En ese momento parecía claro que tenía que fallarlo. ¡Era la historia perfecta! No. Lo volvió a meter e, imagino, lo celebró a lo grande, por dentro y por fuera.

A medio país de distancia yo podía sentir como Moisés se dirigía a mí y me dedicaba el gol. Allí, en el sofá y con el bajonazo, creo recordar que no abrí la boca durante el resto del partido, que fue bastante insípido y, por lo que leo, anduvo más cerca del triunfo herculano. Ni siquiera rechisté cuando uno de mis amigos, en un alarde de genialidad, me estampó en la cara mi frase: «Te han hecho la de Moisés».

Crónica del derbi de David Marín en Mundo Deportivo:

* David Marín es periodista. Actualmente es director de contenidos en Diario Franjiverde y corresponsal del diario MARCA en Elche

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