ADRIÁN DÍAZ | Aquella semana de abril

Rc Sala de Juegos Ferreteria Els Ferrers

Mis recuerdos y experiencias con el Elche comienzan desde el año 2001, con la famosa salvación ante el Compostela. En mi niñez y adolescencia, me tocó vivir decepciones temporada tras temporada. Proyectos ambiciosos (y caros), con presentaciones desmedidas, que acababan con cierto sufrimiento para evitar el descenso o sin nada en juego en las últimas jornadas. Tener ilusión por sacarte el abono entre 2003 y 2009 acabó por ser una demostración de fidelidad casi extrema.

Como muchos de mi generación, en Elche y diversos puntos de España, era el ‘bicho raro’ de mi clase. La típica historia del chaval que no sucumbía a las tentaciones culés/merengues y acudía al estadio cada quince días para ver a “ese equipo que no vale nada”. Así cada año, desde primaria, E.S.O y bachiller. Pero aquella semana de finales de abril de 2010 fue distinta. Aquel partido contra el Villarreal B siempre será muy especial.

Tras un mal inicio de campeonato, con humillación en el Rico Pérez incluida, el Elche alzó el vuelo en la segunda vuelta. Encarando la recta final, los resultados daban pie a creer en algo grande. En un sueño que muchos llevábamos esperando: ver a nuestro equipo en Primera División. El recital de los franjiverdes al Betis (0-3) en el Benito Villamarín aumentó las expectativas de que “este año puede ser el año”. Las mías y las de una ciudad ansiosa de fútbol de primer nivel. Ya tocaba después de tantos palos.

Como decía, aquella semana de abril fue especial. Han pasado ocho años, un ascenso a Primera y dos campañas en la máxima categoría, pero todavía siento que nos marcó a muchos. El Elche sacó una promoción de pack de entradas a bajo precio y la respuesta superó las expectativas. Me impresionaban las tremendas colas y las informaciones de entradas vendidas. Cuando anunciaron que abrían el anillo superior, no me lo podía creer. Desde que lo cerraron para agrupar a la hinchada, nunca había visto un partido del Elche en el Martínez Valero con público ahí arriba. Se venía algo grande.

En aquella época, con 17 años, participaba en un programa sobre el Elche en Radio Jove Elx. Se podría decir que eran mis inicios en las ondas. El club le concedía a la emisora un número de invitaciones para los partidos. Yo cogía y ofrecía, pero pocas veces las aceptaban mis amigos. Pero aquella semana, volaron. No duraron ni tres segundos en mis manos. Una muestra de la dimensión que cogió el encuentro. Y también del ‘veletismo’ que tanto odiaba por aquel entonces (ahora me lo tomo con más filosofía). Nunca había notado a la ciudad tan volcada con un partido del Elche. En calles, bares, casas, etc. era tema de conversación.

Llegó el viernes y estaba ‘atacado’. Todo el mundo me preguntaba por mis nervios. Sabían que llevaba mucho tiempo esperando una situación así. Como cada día de partido, iba uniformado con mi chándal (de aquella temporada) y camiseta franjiverde debajo. Qué lento pasa el tiempo cuando está deseando que llegue una hora concreta. Aquel día se me hizo eterno.

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Si no me falla la memoria, mi padre y yo salimos más pronto que de costumbre, anticipándonos al overbooking de coches frente al estadio. Llegamos dos horas antes al Martínez Valero. El partido arrancaba a las nueve. El recibimiento al autobús del equipo fue espectacular, como nunca antes había visto. Aquel 30 de abril de 2010 era un día de muchas experiencias nuevas.

Como ver el Martínez Valero así, tan lleno de personas ataviadas con la zamarra franjiverde. Muchos iban por primera vez o regresaban al estadio después de mucho tiempo. Todavía pienso que a pesar del chasco, el Elche sumó nuevos seguidores a la causa en aquella noche. Yo me situaba en los asientos centrales de preferencia descubierta, con una visión privilegiada del campo. Casi perfecta. Normalmente, mi padre y yo veíamos ahí la primera parte y nos íbamos cerca de curva norte tras el descanso, para ver mejor la portería en la que atacaba el Elche. Pero ese día era imposible. No cabía un alfiler en la zona inferior del estadio. Acostumbrados a un montón de sillas vacías, aquello era chocante y espectacular. Había un ambiente de élite. Rememoro las sensaciones y los sonidos en el estadio. El empuje desde la grada desde el calentamiento. Nada podía fallar. Pero me río yo de que al Atlético de Madrid le llamen el ‘pupas’.

Vaya por delante que el Villarreal B, aunque ya no se jugaba nada, tenía un equipazo. Juan Carlos, Kiko Olivas, Matilla, Cristóbal, Marco Ruben…y eso que no venía Mario Gaspar. Pero el Elche también tenía sus figuras: Willy Caballero, Generelo, Juli, Trejo, Jorge Molina, Saúl desde el banquillo…pocas plantillas blanquiverdes en sus 14 temporadas seguidas en Segunda han tenido tanto nivel individual y colectivo. Para un aficionado imparcial, se venía un partido muy atractivo. Para los ilicitanos, de mucha tensión.

Los dos primeros goles del filial fueron ‘carnaza’ para los supersticiosos. Solo se los pueden colar a un equipo gafado, por la forma y por los minutos. Un resbalón del portero al poco de comenzar y un desafortunado desvío de un tiro que no iba a portería en el tiempo añadido de la primera parte. Parecía que todo se iba al traste, pero aguardaba esperanzas por cómo estaba jugando el equipo y la raza que inculcó Bordalás. Discúlpenme por tardar demasiado en mencionar al hombre que cambió la mentalidad franjiverde en este siglo.

Todo se puso más cuesta arriba con la expulsión de Acciari. Ya siquiera empatar parecía milagroso. Pero lo consiguieron. Primero, el gol de Molina, que avivaba las esperanzas. Y después, el de Jesús Perera. Uno de los goles del Elche que más he celebrado en mi vida. Cuántas veces lo habré visto en el resumen del choque. Se me eriza el vello y me entra un cosquilleo sólo de pensarlo. Y después, el bajón del 2-3 inmediato. ¿Hay maneras más crueles de echar por tierra el esfuerzo de igualar dos tantos con un jugador menos? Me cuesta imaginarlo. Volver a empatar ya fue demasiado, por mucho que Willy sacara coraje para recorrerse todo el campo e intentar rematar un balón llovido.

La derrota nos dejó destrozados a muchos. Pero arrancamos fuerzas para aplaudir con fuerza a los de corto, que se dejaron la piel por el sueño de una ciudad huérfana de alegrías en los últimos tiempos. Debo reconocer que aquella sonora ovación me sorprendió por la cantidad de ‘veletas’ en el estadio. Habría excepciones, como pude leer después, pero es un gesto de afición con saber estar.

Tras unos minutos sin habla, casi en shock, saqué una conclusión bastante lógica: los estadios llenos no ganan partidos. Volqué mi frustración con un par de amigos, casi con lágrimas en los ojos. No era para menos. Lo teníamos ‘a huevo’. Sigo pensando que si hubiéramos ganado ese partido, habríamos ascendido. Estoy convencido, y sé que muchos piensan igual que yo. El equipo se reenganchó a la pelea con dos victorias en casa, pero la sensación es que no había nada que hacer.

Y daba vueltas una y otra vez a la misma pregunta, ¿algún día veré a mi equipo en Primera División? Si no era en aquella temporada, ¿cuándo iba a ser? El mismo pensamiento surgió en la siguiente tras caer contra el Granada. Y en la siguiente, con el descalabro de segunda vuelta después de comernos el turrón y las uvas como líderes gracias a un 6-0. Menos mal que llegó Fran Escribá para enseñarnos el camino de vuelta a la élite. En cierto modo, y con mucha paja mental, se puede decir que el Villarreal B demoró el ascenso a Primera del Elche tres años.

Cosas del destino, no el filial, sino el primer equipo del Villarreal, fue testigo de uno de los partidos más preciosos y emotivos del equipo ilicitano. Aquel 2-3 (qué casualidad) en El Madrigal que nos catapultaba hacia Primera División. Para bueno y malo, el Villarreal ha estado presente en momentos destacados del Elche en esta década. Uno malo con el filial en el Martínez Valero y otro grandioso con el primer equipo en El Madrigal (ahora Estadio de la Cerámica).

Ocho años después, toca recibir al Villarreal B en un duelo directo por el playoff. Casualmente, el primer día de abril. Tristemente, en Segunda B, categoría de la que hay que salir cuanto antes. Y esta vez, los amarillos sí entran en la pelea por el ascenso. Como periodista, ahora vivo los partidos de una manera menos tensa. Pero lo reconozco, pocos partidos me motivan más que este, no solo por mi inquina hacia los filiales. Y me alegra saber, por palabras de Pacheta, que los jugadores están muy mentalizados para rendir “a la altura”. Como expliqué en mi Informe DF, para vencer al Villarreal B hay que correr mucho y bien, porque mueven la pelota como muy pocos equipos y tienen futbolistas con potencial de Primera. Una valoración también aplicable a los groguets en 2010. Ojalá que esta vez el resultado se decante al lado franjiverde. #GanarAlVillarrealB

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