Felicidad

Chimo Baeza ¦ 24/12/12 07:00 @Chimoeneas

Valdebebas y su estadio Alfredo Di Stéfano, donde juega de local el Castilla, suelen pillar a desmano, en una zona no muy habitada de Madrid, no muy lejos de Barajas. Quizás en unos pocos años de desarrollo urbanístico (si eso todavía existe) sea una zona con mucha vida y color, pero hoy en día los alrededores del estadio recuerdan demasiado a los de Fusilamientos del 3 de mayo de Goya. Para llegar desde el centro de la capital, uno tiene que tomar dos o tres líneas de metro y caminar unos 20 minutos en un paseo en el que se atraviesa la M-11 y calles poco concurridas. Si, por casualidad, como el pasado viernes, hay huelga de metro, el trayecto puede llevar un par de horas no excesivamente apasionantes. Tras contarle lo complicado que resultaba llegar y volver del estadio, después del partido entre el Elche y el filial blanco, una amiga me preguntó que para qué servía perder tanto tiempo y tanto esfuerzo y le respondí, quizás por la euforia del momento, que para ser feliz. Luego, pensándolo más fríamente, llegué a la conclusión de que habría dado la misma respuesta incluso si nos hubiéramos llevado una somanta de goles en contra: sabe Dios qué tendrá que ver la felicidad, aunque sólo sea una sonrisa, con seguir por medio país a unos tipos vestidos de blanco y verde, pero el caso es que es así.

Eso sí, lo que ocurrió en el partido de este viernes, el último del año, fue realmente especial, aunque nadie lo habría sospechado allá por el minuto 80. No hacía demasiado frío en Madrid para ser mediados de diciembre, pero el poco viento que llegaba a las gradas te hacía desconectar fácilmente de un encuentro no demasiado apasionante. Había ocasiones, claro, y los chicos del filial dieron más de un susto, pero muy posiblemente los 2000 y pico espectadores que estábamos allí habríamos llegado fácilmente al acuerdo de apostar por el 0-0. El gol de Albacar lo cambió todo. Hacía mucho que no gritaba tanto un gol, inmerso en una celebración que ni la de Mou en Old Trafford con su Oporto, yo, que soy tan expresivo como 40 palcos presidenciales de la Premier.

Habría que analizar por qué el gol de Albacar me hizo tan feliz. No era el partido más importante del mundo, ni siquiera el más importante de las últimas jornadas. Con el colchón que tiene el equipo, incluso un empate habría sido un excelente resultado. Tampoco le tengo especial manía al Castilla, ni había apostado por la victoria. Quizás fue porque no dejaba de ser la confirmación de la suerte del campeón, esa que ha estado tan lejos de nosotros todos estos años y que ahora por fin parece de nuestro lado. Esa suerte que te permite ganar incluso sin haber hecho mucho más que tu rival, que evita ese gol cantado o que hace que marques en el momento más oportuno. Claro que conceder una falta al borde del área al posiblemente mejor lanzador de la categoría, cuando ya no había posibilidad de reacción, puede que no fuera cuestión de suerte.

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