Sin perder el norte

@pedroortuno

En el fútbol de hoy pisar el Bernabéu es poco más que un premio para la clase baja española. Un consuelo moral apoyado en depresivos pasados. “Que vayamos todos los años será la mejor experiencia”, es el razonamiento realista de Fran Escribá. Las salvajes distancias presupuestarias apagan el atractivo histórico del pequeño matagigantes y alejan incluso la igualdad ya no tan irrefutable del once contra once: plazas como Chamartín o el Camp Nou no han sido asaltadas en más de dos ocasiones por año en las últimas cinco Ligas. La ambición deportiva de estas citas prácticamente desaparece para el pobre y se pospone a la siguiente con la obligación añadida de morir de la manera más digna posible. Tradiciones como el escudo y las gargantas aún se respetan.

Esa gestión se le dio bien al Elche en su retorno a la élite y debe ahora reverdecerla. Tumbó en Barcelona para enfilar una segunda vuelta cerca de la perfección como local y los dos enfrentamientos ante el Real Madrid desempolvaron también el concepto de ‘derrota positiva’. El grotesco error de Muñiz Fernández desembocó en tres triunfos consecutivos de los franjiverde y aquella última salida a feudo blanco se dibuja en idénticas circunstancias a las que envuelven a los ilicitanos en la actualidad: llegaban de dejarse puntos en casa ante un rival directo y otro, el Celta de Vigo, el mismo que este viernes, esperaría después en el Martínez Valero para volver de vacío al norte y mimetizar en el tópico mapa y el objetivo de embolsar la permanencia. Porque aunque le pese al técnico valenciano, no hay una sola Liga.

El histórico Ilicitano se empeña en volverlo a hacer

Hubo un tiempo en que en los filiales había más canas que espinillas. Los equipos tenían sus nombres de equipo, sus escudos de equipo, sus uniformes de equipo y se reforzaban con ambición, sin sólo pensar en satisfacer a un progenitor a simple vista lejano en apariencia. Los Castilla, Mestalla, Fabril, Turista, Sanse, Vetusta, Imperial, Rayo Cantabria, Deportivo Aragón y Salmantino, entre otros, más todos los Atléticos (Barça, Madrileño, Malagueño, Sevilla, Las Palmas, Córdoba, Albacete…) fueron prácticamente independientes –por lo menos en forma- hasta recién estrenados los noventa.

Su ‘fin’ llegó motivado por el más importante de sus éxitos. Los filiales entraban en los sorteos de la Copa del Rey e incluso optaban a disputar competiciones europeas si se clasificaban. Pero el Castilla tocó pelo y le cortaron las manos a todos. El segundo equipo del Real Madrid alcanzó la final copera en la 79/80 –curiosamente la perdió contra su superior (6-1)- y un año después quedó encuadrado en la Recopa de Europa -eliminado en treintaidosavos-.

Este hecho llevó a la UEFA y a la mandada Real Federación Española (RFEF) a acordar la vulgarización de las denominaciones de los filiales por malentendidos con las actas y duplicidad de clubes y jugadores en los campeonatos continentales. En nuestro país se aprovechó la obligatoria conversión del club de fútbol a Sociedad Anónima Deportiva como herramienta para acabar con su encanto y colgar una bé bien grande en sus culos. Por supuesto, también, se les prohibió participar tanto en Copa del Rey como en competiciones europeas -que digo yo, con eso habría bastado- y progresivamente fueron rejuveneciendo hasta ser simples trampolines de canteras, netamente compuestos por imberbes futbolistas de futuro. Algo estimulado por otra regla impuesta por los mandamases: con más de 23 años -25 para porteros- y ficha del filial no se puede jugar en el primer equipo.

En los últimos años, previo permiso federativo, algunas entidades han recuperado el nombre clásico para sus segundos con la condición sine qua non de que aparezca en primer lugar el del club. Como el actual Elche Ilicitano. Sportman, desde su fundación en 1932; Deportivo Ilicitano tras la Guerra Civil y hasta el decretazo; y Elche B durante trece años más.

He precisado de cuatro párrafos hasta llegar a la franja verde, pero ya estamos aquí. Aquel filial no coleccionó tanto palmarés como el Castilla. Principalmente, porque el segundo equipo blanco comparte su máxima condecoración con el Elche Club de Fútbol –el ‘A’-: una final copera. Aún así, el Ilicitano puede presumir de haber llegado al techo dos años en Segunda División, las campañas 68/69 –fue segundo- y 69/70, lo más alto a lo que puede aspirar un filial en competición doméstica. Lico, Vavá, Marcial, Curro, Romero, Boria y muchos otros grandes jugadores mezclaron juventud y veteranía en distintos momentos de los más de ochenta años de historia de un Deportivo Ilicitano fuertemente vinculado en lo social a la ciudad de Elche. “El derrumbe del Elche C.F. en la temporada 1952/53 (…) dio al Deportivo un mayor protagonismo. Fueron sus jugadores los que pasaron a la plantilla blanquiverde cuando los profesionales, venidos de fuera, no quisieron jugar por falta de pago. (…) Lograron reavivar entre los aficionados la ilusión perdida por el fútbol. (…) El Ilicitano se ganó a pulso un lugar preferente en el corazón de los ilicitanos”, relata el ilustre periodista Santiago Gambín.

Como todo bien descuidado, la época dorada del Tano se fue oxidando y después de muchos años oscurecido vuelve a brillar. Tercera y Regional Preferente ha sido su hábitat durante numerosos lustros, pero este verano el grupo dirigido por Vicente Mir supo imitar a sus mayores para subir a Segunda B y prolongar una excelsa carrera de dos ascensos consecutivos desde el infrafútbol.

El Ilicitano nunca había militado en Segunda B. Cuando en los setenta bajó de Segunda, la categoría no existía y después no supo dar el salto. El estreno, a todo esto, ha sido rompedor. Correspondiente a la ilusión creada por una plantilla ampliamente reforzada y que hasta se ha permitido el lujo de nutrir a un ‘plata’ como el Murcia con el delantero Sergio León, cedido por una temporada. Remontémonos al primer párrafo. El filial franjiverde, amén de nombre único, tiene equipación propia y no es franji, sólo verde. También escudo propio y en este curso incluso fichajes de nivel. Alma propia, en definitiva. Esta chavalada ilusiona más que ninguna otra que hayan visto mis ojos y no me nace duda alguna al escribir que hay Ilicitano para rato. Para alimentar al primer equipo como mandan los cánones ahora, o para competir donde se propongan. No sé si ellos lo saben, pero ya han hecho historia y tiene pinta de que no se conforman.

El niño con una raya en el pijama

De lleno en la Berlín fascista de los cuarenta, el pequeño Bruno imaginado por John Boyne ignoraba qué hacían detrás de esa enorme reja electrificada todas aquellas personas con pijamas a rayas. El miércoles pasado, en el Martínez Valero, al Bruno ilicitano le pasó algo similar. ¿Qué sentido tenían todas esas rayas verdes? Jugaba el Real Madrid al lado de casa, así que la camiseta y el bando que elegir para la ocasión estaba chupado.

A los dos Brunos les va más lo cómodo. Uno, desde su nueva casa junto al campo de concentración, echa de menos a sus criados y el otro, en un Martínez Valero aún extraño para él, se queja de que Florentino debió gastar otra millonada en un delantero top porque a Benzema no le gusta correr mucho. Es a lo que se han acostumbrado: no han vivido otra cosa. Hasta que aparece Shmuel, un niño judío de cuna franjiverde y los dos Brunos descubren otro mundo donde la vida vale más.

Símiles aparte, confío con toda sinceridad en que el silbato de Muñiz Fernández haya colaborado a la cultura Elche Club de Fútbol. La criatura, del grande porque sí, porque gana y punto, ya tiene un motivo más razonado para ser del pequeño. En su visita al otro lado de la valla se ha dado cuenta de qué va esto. Ha tastado la injusta facilidad con que el rico ultraja al pobre y ha comprobado lo que es el verdadero sentimiento por un equipo alejado de la superficialidad. Porque al fin y al cabo, aquí, posicionarse merengue o culé no es otra cosa que buscar a la desesperada un ápice de éxito en la vida de uno. Nunca entendí el vínculo afectivo que se puede tener con un club por el mero hecho de ser económicamente poderoso. Vale que gusten sus jugadores y ver sus partidos por puro amor al fútbol, pero el concepto de afición es otra cosa y, por supuesto, otro tema. A lo que iba: no sé cuántos, pero poco a poco y cada vez más, el próximo regalo que pidan muchos chiquillos de Elche será un pijama con una radiante raya verde en el centro. Sólo queda que el equipo no vuelva a caer en la cámara de gas.